Cruz grabada a fuego

March 8th, 201010:21 am @ Eduardo Palacios

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Armenia fue el primer pueblo que adoptó el Cristianismo como religión oficial. Aunque tradicionalmente se acepta que los primeros heraldos del Evangelio en aquellas tierras fueron los apóstoles san Judas Tadeo y san Bartolomé, la conversión se produjo a principios del siglo IV, gracias a la labor de san Gregorio el “Iluminador”. Tierra de mártires a lo largo de toda la Historia, sus soldados recibieron en el año 451 una arenga ante la batalla que se avecinaba contra los persas, quienes querían imponerles el mazdeísmo, que aún hoy día pone los pelos de punta: “Quienes creían que el Cristianismo era para nosotros como un vestido, ahora sabrán que no podrán arrebatárnoslo, como no nos pueden quitar el color de la piel”. Casi nada.

Discurso plenamente vigente en estos tiempos que ven cómo desde el gobierno español y las autoridades europeas se quiere eliminar toda manifestación del hecho religioso en el ámbito público, olvidando (recordemos antes que España y Europa no son islámicas ni hinduistas, sino cristianas) que el Cristianismo está en la raíz de toda nuestra cultura. Equivocadamente ven como agresión lo que no es más que un reflejo de nuestra milenaria tradición, del sentir y pensar de generación tras generación.

Y esta actitud, que curiosamente sí constituye una agresión por parte del poder público, ha apuntado directamente hacia el símbolo que recoge toda la esencia del Cristianismo: el crucifijo. ¿Qué significa el crucifijo? Pues entrega con un amor desinteresado hacia todo el género humano (incluidos los que lo atacan), el triunfo a partir del sufrimiento… Todo lo que la sociedad actual quiere olvidar. En el fondo quieren quitar el crucifijo de los lugares públicos porque se sienten señalados (cuando ciertamente Cristo nunca nos acusa), sienten que esos dos palitos cruzados denuncian su egoísmo, su rechazo al sufrimiento por causa de sus hermanos, y la negación de que Alguien, por puro Amor, dio su vida para que ellos tuvieran Vida. Por eso no quieren ver los crucifijos cuando entran en un aula, van a pedir cita al médico, o entran en el despacho de un asistente social.

Pero se olvidan de un pequeño detalle. Como dijo san Pablo, todos los bautizados en Cristo nos hemos revestido de Cristo (Ga 3, 27). Y evidentemente no se refería el apóstol de los gentiles a nuestro ropaje, sino a algo mucho más elevado: la llegada del Espíritu Santo. Los cristianos llevamos la cruz marcada a fuego, no pueden quitárnosla tan fácilmente como pretenden. Y es hora de que tomemos conciencia de que cada uno de nosotros debemos portar la cruz allá donde vayamos. Como azuzaron a los combatientes armenios, el Cristianismo no es un vestido que podamos quitarnos y ponernos cuando nos convenga, con quien nos convenga; es nuestra esencia, nuestra profunda manera de ser tanto en público como en privado, nuestra misma piel.

Por Juan Luis Ruiz Pérez

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